Anécdotas de muda

Queremos agradecer la información aportada sobre el cangrejo de río por la Astacifactoria del Parc Natural de la Zona Volcànica de la Garrotxa, principalmente a Joan Montserrat y Fina Torres.

La primera vez que hice la muda, no sabía qué me estaba pasando. Solo tenía diez días de vida y estaba pegada a mi madre cuando noté una sensación de opresión. Era como si mi cuerpo no cupiera, como si estuviera tensando para salir de sí mismo. Me asusté mucho porque durante los primeros días había oído hablar de una extraña enfermedad que teníamos los cangrejos de río y pensaba que la tenía yo. Vi que todos mis setenta hermanos también se encontraban en la misma situación, cosa que me puso aún más nerviosa. Pensaba que todos teníamos la enfermedad y que moriríamos pronto. ¡Qué equivocada estaba!

Mamá nos sacó de dudas y nos calmó. Al ver nuestra cara de pánico y confusión entendió qué nos pasaba y nos dijo que estábamos experimentando la primera muda. ¿La muda? ¿Y qué es eso?, le preguntamos. Ella nos explicó que los cangrejos de río somos unos animales dentro del grupo de los artrópodos, como las hormigas o las arañas, y una de las características principales que tenemos es que la parte externa de nuestro cuerpo está rodeada por un exoesqueleto, es decir, una coraza dura que protege nuestro interior. Pero como esta coraza es dura y rígida, no crece como el resto del cuerpo, de manera que tenemos que cambiarla de vez en cuando. Y este proceso es la muda.

Saber que no nos estábamos muriendo nos tranquilizó, al menos a mí. Pero me hizo plantear toda una serie de dudas que quise exponer a mamá. ¿Qué pasaría si no quisiéramos hacer la muda? Y una vez nos hemos quitado la coraza vieja, ¿qué ocurre? Ella me miró y me dijo que si no hacíamos la muda, moriríamos por la presión de nuestro cuerpo que crece, y que una vez nos habíamos quitado la coraza vieja, teníamos que esperar un buen rato para que se volviera a formar la nueva. Yo, insistiendo, pregunté que cuánto tardaba en completarse la muda. Ella volvió a contestar, esta vez con voz irritada, que horas en quitar la vieja y días en formarse la nueva. Lo que no me dijo es que el rato que aún no teníamos la nueva y la vieja ya era fuera, éramos muy vulnerables, porque éramos totalmente blandos.

Lo aprendimos a las malas, ya que mientras todos hacíamos la muda y mamá desapareció (no la volvimos a ver nunca más), muchos de mis hermanos fueron comidos por un cangrejo macho. También fue el momento que aprendimos que los cangrejos adultos podían comer cangrejos más jóvenes. Yo me escapé porque, inconscientemente, me había escondido para hacer la muda. La verdad es que fue instintivo, pero me salvó la vida. Después, a medida que fui creciendo, aprendí que lo mejor era quedarse en la orilla del río, pero esto tenía el inconveniente de hacernos vulnerables a animales terrestres.

Ese primer año mudé ocho veces mi coraza. Supongo que nos pasa a todos los cangrejos: que crecemos muy rápido el primer año y después lo hacemos más lentamente. Porque a partir del segundo solo mudé una o dos veces al año. Aunque lo hacía menos, el proceso no estaba exento de riesgo: al ser cada vez más grande, era más difícil pasar desapercibida cuando cambiaba la coraza. De hecho, un día tuve que huir corriendo de un jabalí que quería comerme. Blanda como estaba, me costó moverme y me arrancó un par de las diez patas que tenemos los cangrejos. Me escapé por los pelos poniéndome bajo una piedra. Lo más curioso de ese incidente es que, con el tiempo, las patas me han vuelto a crecer. Quizá no son tan grandes como antes, pero ya no voy coja.

cangrejo río muda

Otra anécdota que me pasó con la muda está relacionada con el hecho que durante el proceso de muda somos blandos, como ya he dicho antes, y cualquier presión que se hace sobre nuestro cuerpo queda fijada para siempre. Como las otras veces, estaba tranquila en la orilla del río, medio escondida, cuando vino otro cangrejo a ocupar mi sitio. Le dije que no, que ese era el mío, pero él me cogió el abdomen con sus pinzas y me apartó. Por culpa de esta presión, desde hace unos años tengo un par de hundimientos en el cuerpo. La nueva coraza se adaptó a la forma que habían dejado las pinzas y se endureció así, dejándome mal formada.

La verdad es que me gusta pensar en estas anécdotas cada vez que nacen mis hijos. Después de pasar por la violenta cópula por culpa de los machos, que me giran boca arriba y me ponen un saco con el esperma en la barriga, al que llaman espermatóforo, tener la tranquilidad de fecundar más tarde los huevos y de incubarlos sola, en un lugar escondido y bien oxigenado, es un momento de relajación y de recordar otras épocas.

Me asustó su actitud el primer año que me apareé, cuando tenía tres años, pero con el tiempo te acabas acostumbrando. Y todo se olvida cuando ves nacer a los pequeños cangrejos totalmente formados y que tienen toda la vida por delante. Al menos parece que haya cierta esperanza de cara al futuro, porque con la enfermedad conocida como afanomicosis no hay mucha, y aún menos si sigue habiendo los cangrejos invasores.

Pero nosotros aquí seguiremos hasta que no haya más remedio, esperando algún tipo de milagro y recordando tranquilamente todos los momentos que hemos vivido.

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