La bonita excepción de las náyades

Agradecemos la información cedida por Núria Valls y Oriol Comas, del centro Camadoca Adeffa, en Santa Maria de Merlès, donde se lleva a cabo la cría en cautividad de la náyade Unio mancus.

  • La vida de una náyade no es muy emocionante, al menos una vez nos asentamos en el fondo del río y empezamos a filtrar agua para comer. Al no tener una gran capacidad de movimiento, pasamos la mayoría de nuestra vida en un mismo lugar. Antes podíamos tener la compañía de otras náyades, pero ahora no. Nuestras poblaciones han caído y cada vez somos menos.

  • Eres un pesimista, Mancus. Es cierto que quedamos pocas, pero no tenemos una vida tan aburrida.

  • Eso lo dices tú, Unio, porque te han pasado cosas interesantes: te sacudió un siluro esperando que te abrieras, un cangrejo de río americano intentó agujerear tu caparazón, los humanos te han medido unas cuantas veces…

  • ¿Y tú qué? ¿No recuerdas cuando tuviste que sobrevivir a una sequía y sufriste para que las vacas no te pisaran? Todas las náyades a tu alrededor murieron, pero tú no.

  • Pero no hay para tanto. Solo intenté sobrevivir.

  • ¿Y qué crees que hice yo, Mancus?

  • Tuve suerte que a mi lado quedara un minúsculo charco.

  • ¿Y aún tuviste más suerte cuando te rescataron aquellos humanos, no?

  • Vale, sí, tienes razón.

  • ¿Lo ves? No tenemos vidas tan aburridas.

  • Cuando somos adultos, sí. Nosotros somos excepciones.

  • Exagerado. Aunque recuerdo cuando yo era un gloquidio joven e inocente.

  • Unio, seguro que eras una jovencita traviesa.

  • ¿Por qué lo dices?

  • Porque no te imagino, con las aventuras que has tenido de adulta, sin ser de joven un gloquidio pillo.

  • Pues mira, te seré sincera: toda mi vida adulta me la he pasado buscando una náyade de la que me enamoré en el pez que parasité. Era un gloquidio tan guapo, un niño tan tierno, que me puse muy triste cuando me desenganché del pez antes que él.

  • No me lo creo. Ara no eres enamoradiza.

  • Antes lo era mucho más. Aunque sigo anhelando aquel amor juvenil, he tenido hijos con otras náyades, así que tampoco me ha terminado preocupando tanto.

  • Ya decía yo, esto es más típico de ti.

  • Lo dices porque me conoces tal y como soy ahora y no me puedes imaginar de otra manera.

  • Puede ser. Pero no negaremos que la náyade que engaña más peces para conseguir que la mayor parte de sus hijos se enganchen a su objetivo, difícilmente podía ser una jovencita enamoradiza e inocente.

  • Esto es porque no me conocías de joven. Además, los peces son tontos y pueden ser engañados muy fácilmente. No es necesario ser un gloquidio muy espabilado para parasitar un pez y alimentarse en sus branquias. Mancus, seguro que si tú fueras una hembra, también tendrías tan éxito como yo.

  • No estés tan segura. Sabes que soy bastante patoso. Y hay que tener en cuenta que los peces aprenden de un año a otro y con el tiempo generan resistencia a ser parasitados.

  • Será que siempre me vienen los peces primerizos, entonces. Por cierto, ahora que has dicho que eres patoso, hace tiempo que me recuerdas a alguien y he caído en que era a ese gloquidio del que me enamoré hace tanto tiempo.

  • Será que todos los machos somos patosos.

  • Conozco machos mucho más hábiles que tú.

  • Oh, gracias. No es necesario que seas tan amable.

  • Venga, no te enfades. ¿Cómo eras tú de joven?

  • ¿Ahora lo quieres saber? Creo que te dejaré con las ganas.

  • Ay, Mancus, por favor, ¿me lo puedes decir?

  • Porque eres tú y no puedo resistirme.

  • Sabes que soy única.

  • Sí, claro, única… Bueno, solo te diré que yo también tuve un amor de joven. Era un gloquidio que conocí en el pez que parasité. Era inocente, divertida, agradable. Un encanto, vaya, no como tú.

  • Me la tenías que devolver, ¿eh?

  • Casualmente, ella se fue antes que yo, al revés de lo que te pasó a ti.

  • Quizás no es tanta casualidad, Mancus.

  • ¿Qué quieres decir?

  • ¿Recuerdas si el pez tenía una branquia rota?

  • ¡Sí! ¿Cómo lo sabes?

  • Ay, Mancus… Y el hecho de que tu enamorada se desenganchara antes que tú, ¿fue porque el pez mordió un anzuelo y el pescador lo sacudió?

  • Sí…

  • ¡¡Mancus!! ¡Yo soy la jovencita de la que te enamoraste y tú eres el niño del que me enamoré!

  • ¡No puede ser! Llevamos mucho tiempo siendo amigos y nos hubiésemos reconocido.

  • Las náyades cambiamos mucho desde que somos gloquidios hasta que llegamos a la fase adulta. ¿Crees que nos podríamos reconocer? También debes tener en cuenta que nos han pasado muchas cosas y ya no somos aquellos gloquidios inocentes.

  • No sé, me cuesta aceptarlo, Unio.

  • Es muy fácil. Seguro que recuerdas como termina esta frase: No importa dónde caigamos, no importa cómo crezcamos…

  • … siempre estaremos juntos y engañaremos tantos peces como podamos… No me lo puedo creer. Después de tanto tiempo…

  • Toda mi vida buscándote y te tenía a mi lado. ¿Ves como la vida de las náyades no es tan aburrida? Todo lo que nos ha pasado, nos ha traído aquí.

  • Sí que es aburrida, pero antes he dicho que somos una excepción. ¿Me crees ahora?

  • Y tanto, somos una magnífica excepción.

Y así fue como un amor juvenil perdido terminó convirtiéndose, por sorpresa, en un amor adulto. Aún con los cambios que sufren las náyades entre su forma larvaria, los gloquidios que viven como parásitos de algunos peces, y su forma adulta, la concha que filtra agua dulce para alimentarse, dos ejemplares pudieron reconocerse después de mucho tiempo separados.

naiades excepció excepción

Información adicional:

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Share This