Nutrias liberadas

Agradecemos al centro de recuperación del Pont de Suert su colaboración por la informació sobre las nutrias.

Me llamo Lucía y era una nutria de un año, muy feliz, que vivía con mis cuatro hermanos y hermanas en la casa que nos habían construido los humanos. Ellos no se sorprendieron que fuéramos tantos hermanos. Según decían, las nutrias pueden tener más crías cuando hay más disponibilidad de alimentos y, la verdad, a mamá no le faltó comida. Igual que a nosotros.

Nuestra casa no era excesivamente grande, pero era acogedora. Pasábamos horas jugando entre nosotros y con los humanos. Jugábamos a perseguirnos, a simular que nos peleábamos, a coger la pelota que nos tiraban los humanos… Este último era muy útil porque las nutrias usamos mucho nuestras manos para manipular objetos y comer. Bueno, de hecho todos los juegos eran útiles porque somos animales muy sociales y de esta manera fortalecemos nuestras relaciones. Además, jugar nos permitía reconocer los diferentes sonidos que hacemos las nutrias, como el silbido suave que hacemos las crías cuando estamos juntas o el más agudo cuando llamamos a mamá y no la vemos.

Un día, los humanos nos cogieron a mí y mis hermanos y nos pusieron en unas cajas. Para tranquilizarnos, nos dijeron que no pasaba nada y nos ayudaron a dormirnos. Cuando me desperté, la luz del Sol me hizo ver que estaba en el exterior. Me di cuenta de que estaba en medio de un bosque mucho más grande que mi casa y que llevaba una cosa negra ligada a la espalda, pero como vi que no me lo podía quitar, lo dejé puesto.

Vi que había un río y decidí meterme para intentar capturar peces para comer, porque tenía mucha hambre. Pero huían muy rápido. Me sorprendió esta reacción: cuando los humanos nos tiraban comida en casa, se quedaban quietos y los podíamos coger fácilmente. Pero estos no, y no pude comer ninguno. No entendía porque escapaban.

Poco a poco, empecé a sentir un olor que se hacía cada vez más fuerte. Saliendo del agua y olisqueando con la nariz, llegué a una piedra grande con un excremento encima. Me acerqué y lo toqué con la punta de la nariz. No me sonaba de nada el olor, así que no era ni de mamá ni de mis hermanos o hermanas.

relato nutrias

Una especie de chillido me paró: reconocí que era el sonido que hacía mamá si creía que había un peligro. Alerta, miré en todas direcciones, pero no vi nada. Entonces escuché una voz:

  • Ei, ¿quién eres? – un macho de nutria adulto, grande y fuerte, apareció. No parecía muy contento.
  • Me llamo Lucía – contesté, sorprendida per su aparición.
  • Sabes que los excrementos que has olido marcan mi territorio, ¿no? – preguntó aún enfadado.
  • No, la verdad. No sabía que hacer caca en una piedra indicaba el territorio de alguien – respondí, mientras entendí que el macho había chillado para avisarme.
  • Eres criada en cautividad, ¿verdad? – preguntó, con un tono más amable.
  • Sí. Pero, ¿por qué lo dices? – contesté, extrañada.
  • Porque no conoces el significado de los excrementos y porque llevas esto en la espalda – dijo, señalando la cosa negra que llevaba. – Yo también fui como tú. De hecho, fui la primera nutria liberada y pasé por lo mismo que tú estás pasando ahora.
  • ¿La primera nutria liberada? – no entendía nada.
  • Sí, fui la primera. Pero ya me he adaptado – hizo una pausa, dudando si seguir hablando. Al final continuó. – Río arriba hay otra como tú, liberada hace poco. Quizá puede ayudarte a adaptarte. Ahora, agradecería que salieras de mi territorio.

Sin terminar de entender lo que quería decir, le hice caso y me fui mientras veía como cazaba fácilmente un pez.

Durante un par de días sentí el olor del macho mientras subía por el río: le pertenecía un gran tramo. En este tiempo encontré madrigueras donde dormir cerca del agua, pero no capturé ningún pez. Como necesitamos comer mucho cada día, enseguida me sentí débil. Decidí pedir ayuda y, afortunadamente, alguien respondió. Esperanzada, seguí adelante, sin dejar de pedir ayuda, mientras la respuesta se hacía cada vez más audible. El olor de una nutria se hizo presente y la reconocí al instante: ¡era Lidia, una de mis hermanas!

  • Lidia, ¡estoy aquí! – grité.
  • Lucí, ¿eres tú? – dijo cuando me vio y se dio cuenta de mi estado. – ¿Qué te ha pasado? Tienes mala cara.
  • Pues que hace días que no como y me siento muy débil.
  • Espera aquí un momento – dijo y se sumergió en el río.

Vi como capturaba un pez y me lo traía.

  • Gracias – dije cuando me lo terminé.

A partir de ese día, Lidia me enseñó a pescar. Con el tiempo me recuperé y, gracias a ella, me  adapté a vivir en libertad. Un día decidí irme del territorio de mi hermana para buscar el mío propio. Encontré uno que no era muy grande, debía de tener unos 8 quilómetros, pero en el río había muchos peces, así que no me podía quejar.

El año siguiente, encontré un macho y tuvimos hijos. Como es habitual, él volvió a su territorio y yo me quedé cuidando las tres preciosas crías que nacieron al cabo de dos meses.

Así fue como me convertí en toda una nutria salvaje y supe que la población había crecido en los últimos años, de manera que ya no era necesario que liberasen más nutrias: yo había sido la última y ahora ya era una nutria salvaje.

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