Los recuerdos de un pájaro migrante, el alcaudón chico

La Asociación TRENCA lleva unos cuantos años trabajando en la conservación de la especie a través de la protección de las últimas parejas y la conservación de las zonas de cría, así como el refuerzo poblacional mediante un ambicioso programa de cría en cautividad y de la posterior liberación de polluelos. Este trabajo se está realizando gracias al apoyo del Centre de Recuperació i Cria en Captivitat de Vallcalent (Lleida), gestionado por la Generalitat de Catalunya, y con la ayuda económica de la Fundación Biodiversidad, de la Generalitat de Catalunya y del Zoo de Barcelona. WWF contribuye con el proyecto del alcaudón chico a través de una alianza estratégica destinada a apoyar el trabajo de TRENCA. Esta colaboración se centra en el asesoramiento técnico, la búsqueda de financiación y en la difusión de los hitos del proyectos de conservación del Alcaudón chico.

Y pensar que una vez llegara al lugar de cría tendría tranquilidad y tiempo para poder descansar después de la larguísima migración que había hecho el alcaudón chico… ¡Qué iluso he sido! No ha parado de hacer cosas en ningún momento: que si buscar comida para mí, que si atraer una hembra, que si convencerla de que yo era el adecuado, que si tener hijos. Y ahora arriba y abajo alimentando estas pequeñas criaturas que no hacen nada más que comer. Ah, y todo esto intentando evitar que me maten por el camino. Suerte que por la noches puedo descansar, porque si no…

  • Padre, ¿estás despierto? – me pregunta Minor, mi hija pequeña
  • Ahora sí – respondo, resignado a no dormir
  • ¿Me podrías hablar otra vez de los lugares que has visto durante las migraciones?

Sabía que me pediría esto. Casi cada día, uno de mis hijos me lo pide y, si no se lo explico, hace una rabieta y despierta a los demás. Suspiro sabiendo que no tengo más remedio.

  • A ver, ¿de qué lugar quieres que te hable?
  • Del que quieras – contesta.
  • Pero hay muchos sitios, hija. Escoge uno.
  • ¿No pueden ser todos? – insiste.
  • No, es tarde y tenemos que descansar.
  • Vale, de acuerdo – acepta a regañadientes. – Quiero que me hables de las grandes zonas grises.
  • No es que sean las más bonitas.
  • Lo sé, pero me parecen muy curiosas.
  • ¿Y no prefieres la gran masa verde o las áreas doradas y áridas que calientan el aire?
  • ¡No, las grandes zonas grises! – exclama levantando la voz.
  • ¡Vale, vale! – acepto rápidamente para que calle. Miro el nido y veo que todos siguen durmiendo.

Miro a Minor y veo como sonríe. Sé que lo ha hecho a posta. Es increíble la capacidad de manipular que tienen los hijos. Suspiro otra vez mientras ordeno mis recuerdos. Una vez me he tomado mi tiempo, empiezo el relato.

“Durante las migraciones, los alcaudones chicos pasamos por muchos sitios. Algunos son más bonitos, otros más feos. Algunos son oasis donde descansar, otros son peligrosos. Pero no hay ninguno como las grandes zonas grises. De hecho, no es que sean grandes de tamaño, porque hay otras zonas mucho mayores, pero se ven desde muy lejos. Además, se pueden encontrar a lo largo de las migraciones, porque se van repitiendo.

El primer indicio que muestra que estás llegando a ellas es el aumento de líneas oscuras en el suelo, por donde pasan grandes cosas que se mueven y que pueden ser peligrosas para nosotros si volamos bajo. Si sigues estas líneas, acabas viendo que convergen en el horizonte, en un punto donde el cielo cambia de color. Y cuanto más te acercas, más ruido hay y peor huele. De hecho, llega un momento que el olor es…”

  • Me aburro – me interrumpe. – ¿Puedes hablar ahora de las áreas doradas y áridas?
  • Pero si no había terminado…
  • Ya, pero me estaba aburriendo.

Pongo los ojos en blanco y vuelvo a ordenar mis recuerdos. Una vez lo tengo claro, reinicio el relato.

alcaudón chico

“Las áreas doradas y áridas son casi todo lo opuesto a las grandes zonas grises. Son realmente grandes, llegando hasta el infinito, y tan silenciosas que solo oyes el viento, el movimiento de las alas y el latido de tu corazón. Pero también son zonas muy peligrosas, porque hace muchísimo calor y casi no hay agua.

Cuando migramos, intentamos evitar pasar por estas zonas, pero muchas veces lo terminamos haciendo e intentamos dejarlas atrás tan rápido como podemos. El calor que hace en estas áreas es tan fuerte que te cansas mucho más rápido. Afortunadamente puedes encontrar algunos puntos con agua, donde se puede descansar. Curiosamente, durante la noche…”

  • Me aburro otra vez. Ahora explícame la gran masa verde – me vuelve a interrumpir.
  • ¿Es una broma, hija? – pregunto, visiblemente enfadado
  • No, padre. Pero no te enfades – pide.
  • ¿¡Que no me enfade!? – exclamo en voz bastante alta. Consciente de mi tono de voz, miro el nido. Los otros pollitos se remueven un poco, pero ninguno se despierta.
  • Amor – oigo una voz femenina detrás de mí. – Cuéntale el relato o no se dormirá.
  • Tienes razón – contesto mientras acaricio a mi pareja con el pico. – Perdona, no quería despertarte.
  • Prometo que después me dormiré – dice Minor.

Asiento con la cabeza. Por tercera vez, ordeno mis recuerdos e inicio el relato.

“La gran masa verde es tan grande como las áreas doradas y áridas y casi tan ruidosa como las grandes zonas grises. Pero ni hace tanto calor ni tiene un olor tan malo. Ahora, también es peligrosa. ¡Vaya si lo es! Viven tantos animales, que no sabes cuál te querrá comer y cuál no.

Además, como te encuentras a más de una a lo largo de las migraciones, y en algunas hace frío y en otras no, no sabes qué animal podrás encontrar ni qué tipo de comida. A los alcaudones chicos no nos gustan estas áreas, porque necesitamos zonas abiertas con pocos árboles para cazar insectos…”

Hago una pausa y me doy cuenta de que Minor está durmiendo como un tronco. La verdad es que viéndola así no parece la pequeña manipuladora que era antes. Parece incluso adorable. Sonrío mientras me acurruco en el nido. Cuando estoy a punto de dormirme, oigo una voz.

  • Padre.
  • ¿Sí? – abro los ojos y veo que vuelve a ser Minor.
  • ¿Cómo sabré encontrar todos estos lugares cuando migre?
  • No te preocupes, hija. Los alcaudones chicos sabemos por donde tenemos que pasar. Lo llevamos en nuestro interior. Sabemos cuándo tenemos que migrar y por dónde tenemos que hacerlo.
  • Ah, vale – se acerca y se acurruca a mi lado. – Gracias por ser mi padre.

Esta última frase me sorprende, pero me hace feliz. La acaricio con el pico y cierro los ojos para dormir. El último pensamiento que tengo antes de dormir es que mis hijos son adorables manipuladores.

 

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