La recuperación del cernícalo

Agradecemos la información aportada des de el Centre de Fauna dels Aiguamolls de l’Empordà, destacando su tarea en la recuperación y rehabilitación de la fauna salvaje del parque natural y de sus zonas cercanas.

No había visto nunca una tormenta como aquella. La construcción donde estaba nuestro nido crujía con el viento y la lluvia. De golpe, se empezó a escuchar un ruido de fondo que poco a poco iba aumentando. A medida que se hacía más fuerte, también se oía el sonido de árboles rompiéndose. Como era de noche no vimos venir el agua, ni nos fuimos volando porque ni mis hermanos ni yo dominábamos el vuelo aún.

Así que cuando el agua del río que pasaba cerca de la construcción se desbordó, seguíamos en el nido. El impacto fue fuerte y la construcción se derrumbó, llevándose el nido entre las ruinas y el agua. Todo se quedó negro.

– Papá, papá, aquí hay un pájaro.

La voz de un niño humano venía de lejos, pero no sabía si estaba vivo, si soñaba o qué, ni cuánto tiempo había pasado.

– Vaya, es un cernícalo joven – dijo una voz más grave.

– ¿Lo puedo coger? – preguntó el niño.

– No, pero quítale los escombros para ver cómo esá.

Unas manos quitaron los escombros que había encima de mí. Intenté moverme, pero un dolor atroz cruzó mi ala izquierda.

– ¡Papá, está vivo! – exclamó el niño.

– Sí, es cierto. Mírale el ala, parece rota.

– ¿Qué podemos hacer? ¿Lo llevamos al centro de fauna? El otro día vinieron al cole y nos dijeron que curaban animales.

– No es mala idea. Vayamos ahora.

Los dos humanos se me llevaron, pero no sabía dónde. Cada vez me dolía más el ala y volví a perder el conocimiento por culpa del dolor.

recuperación  cernícalo

Cuando me volví a despertar, vi que estaba en una especie de nido cerrado. Intenté mover las alas, pero el dolor en la izquierda me lo impidió. Vi que había una cosa blanca que impedía que la moviera. Con el pico intenté quitármela, pero no pude. Justo entonces, la parte superior del nido se abrió y apareció la cara de un humano. Me asusté y me acurruqué en una esquina, pero me di cuenta que solo quería darme de comer.

Con el paso de los días dejé de temer al humano que me daba de comer. Dejé que me cogiera y me mirara el ala. Un día me quitó la cosa blanca y me di cuenta que no me dolía nada el ala.

– ¡Muy bien pequeñajo! – dijo el hombre, al ver como la movía con dificultad. – Esta ala está recuperada. Debes tener en cuenta que has perdido fuerza en el ala izquierda mientras estabas encerrado y por eso te cuesta moverla. Pero tienes que pensar que lo hicimos para que no te entraras en contacto con los otros animales que tenemos aquí, ya que te podrían pasar alguna enfermedad. Además, en este entorno hemos conseguido que no te estresaras y te hicieras daño a ti mismo o no comieras bien.

No entendía exactamente qué me estaba diciendo, hasta que me sacó del nido y me llevó a otro sitio: había muchos más nidos como el mío, diferente comida distribuida por todos lados y bastantes otros animales. Cuando vi a un pequeño lirón se me abrió el hambre e hice un chillido.

– No te preocupes pequeñajo – me dijo el hombre. – Ahora te pondremos en un lugar diferente para que empieces a comer por tu cuenta y vuelvas a coger fuerzas para volar.

El nuevo lugar era un espacio más grande, pero también estaba cerrado. Poco a poco fui cogiendo confianza con mis alas, mientras el hombre me ayudaba a fortalecerlas, y empecé a hacer pequeños vuelos. Me recordaba a cuando vivía en el nido y estaba aprendiendo a volar con mis hermanos. Me puse triste al pensar en ellos.

Después de un tiempo más tarde, ya volaba perfectamente. El hombre me visitaba cada día y me explicaba que se apuntaba la manera que tenía de batir mis alas, si era simétrica, si tenía buen equilibrio, cómo volaba, si aterrizaba bien… No sé por qué lo hacía, pero me gustaba.

Un día vino y no apuntó nada, cosa que me pareció extraña.

– Pequeñajo, hoy volverás a la naturaleza – me dijo. – Poco a poco te acostumbrarás a vivir en libertad hasta que puedas ser un cernícalo salvaje y puedas cazar por tu cuenta. Te liberaremos mediante lo que se llama hacking.

Me puso muy contento lo que me dijo. Me llevó a un sitio nuevo: era un nido como los otros, pero con un agujero al exterior. El hombre me miró.

– Hoy es el último día que nos veremos, pequeñajo. A partir de ahora ya no tendrás más contacto conmigo, pero te seguiré dejando comida. Poco a poco te iré dejando menos para que te empieces a espabilar. Así, cuando puedas valerte por ti mismo, ya no será necesario volver aquí y podrás tener tu propia casa.

Cuando escuché que no le volvería a ver, me puse muy triste, pero me alegró saber que podría volver a ser libre. Lo último que recuerdo de él es que me cogió la pata y me puso algo que me la rodeó, pero como no me molestaba, no me quejé. Y después desapareció para siempre.

Y aquí estoy hoy, a punto para dejar este nido. En todo este tiempo he aprendido a encontrar comida por mi cuenta y a hacer una acción que me encantaba ver hacer a mi padre: aletear quedándome quieto en el aire en un punto. Gracias a esto, los cernícalos podemos mirar dónde hay presas y abalanzarnos encima de ellas. Ahora ya soy un auténtico cernícalo y me toca ser libre. Solo me queda dar las gracias al niño que me rescató y al hombre que me ayudó para seguir vivo.

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