La triste historia del segundo hijo

Agradecemos la información aportada por Àlex Llopis, de la Vulture Conservation Foundation en las instalaciones de cría del quebrantahuesos en el Centro de Recuperación de Fauna de Vallcalent (Lleida), y por Antoni Margalida.

Hoy, viendo nacer a mi primer hijo, siento una mezcla de felicidad y tristeza. El motivo de la felicidad es obvio: seré padre por primera vez. Pero para los quebrantahuesos también es un momento triste, porque sabemos que el posible segundo hijo que tengamos no sobrevivirá.

Me explico: las hembras de quebrantahuesos, como mi pareja, ponen generalmente dos huevos, pero solo uno de ellos sobrevive para tener la posibilidad de convertirse en un adulto. Este casi siempre es el primer huevo que se pone, un poco más grande que el segundo, puesto unos 5-8 días más tarde. Obviamente, el primer polluelo nace y empieza a comer antes, de manera que siempre es más grande que el segundo. Y es en este punto donde aparece la parte triste: el primero ataca puntualmente al segundo, pero sin llegar a matarlo. El motivo de la muerte del segundo polluelo es el hambre: intimidado por su hermano mayor, deja de pedir comida, hasta que se muere. Así, el primer polluelo no es el causante directo de la muerte de su hermano pequeño, pero sí que está relacionado. De este comportamiento, los científicos que nos estudian lo llaman cainismo (por la historia de Caín y Abel).

Imagino que ahora estaréis pensando que los quebrantahuesos somos unos animales horribles, pero hay un motivo biológico detrás: el segundo polluelo actúa como un seguro por si el primero muere pronto. De esta manera nos aseguramos que podemos criar un hijo. Es difícil considerar este hecho como aceptable, pero somos animales y seguimos nuestra biología.

Debido a esto, el nacimiento de mi primer hijo también es un día triste: él o su hermano morirán y solo podré criar a uno. Lógicamente el año que viene tendré (o eso espero) otro hijo, pero cada vez me encontraré en la misma situación. Ley de vida, según algunos.

hijo quebrantahuesos

Pensar en mis hijos me hace recordar cuando yo era pequeño. Fui el primer polluelo, de manera que tenía más posibilidades de sobrevivir que mi futuro hermano. Pero no tuve ninguna necesidad de intimidarlo: antes de que naciera, vino un hombre en un momento que papá y mamá no estaban y se llevó el huevo. Ese fue el último día que conviví con mi hermano nonato.

El tiempo pasó y fui creciendo: después de cuatro meses, y con la llegada del buen tiempo, salí del nido por primera vez y aprendí a volar. La verdad es que impone cuando ves el suelo tan lejos, pero terminas acostumbrándote. En ese mismo período, mis padres me enseñaron a encontrar comida y a hacerla accesible si era demasiado grande per tragarla. Siguiendo sus consejos no había manera de quedarse con hambre. Después de dos o tres meses más, ya en verano, me emancipé y fui a conocer mundo. Se sabe que los jóvenes de quebrantahuesos somos capaces de recorrer grandes distancias durante esta época, aunque últimamente en los Pirineos la mayoría ya no se van.

Los siguientes años los pasé dando vueltas hasta que volví a casa. No volví al nido de mis padres, así que tuve que buscar una zona donde quedarme. Y al cabo de poco conocí a una hembra muy bonita. Diría que era (y es) la hembra de quebrantahuesos más bonita que he visto jamás, pero claro, no soy objetivo, es mi pareja desde entonces y para mi es la más preciosa. Tuvimos suerte y encontramos un territorio bastante bueno donde instalar nuestro nido, nuestra casa para toda la vida si no hay ninguna desgracia.

El primer año que nos apareamos no tuvimos éxito, ya que aún éramos bastante jóvenes (los dos aún teníamos parte del plumaje juvenil, normal porque teníamos unos seis años), pero el segundo año, el actual, sí. Este otoño hemos podido comer suficiente, sobre todo ella, así que ha tenido reservas suficientes para poder poner huevos. Además, el invierno duro que estamos teniendo nos asegura comida, por la gran cantidad de animales que morirán por el frío, así que no tenemos que sufrir por el hambre.

Y después de dos meses ansiosos por saber si seríamos padres o no, nos estamos mirando el precioso hijo que tenemos con la mezcla de felicidad y tristeza que os he comentado al principio.

La verdad es que en el fondo del alma deseo que los dos sobrevivan, aunque sé que no será cierto. Quizá uno de ellos es robado como mi hermano nonato y, de alguna forma, consigue sobrevivir. De hecho es algo que me digo, que mi hermano está vivo, volando por algún sitio.

Además, así tengo una preocupación menos en la que pensar, que suficientes problemas tenemos con los humanos que nos molestan o con los cables eléctricos con los que chocamos. Y sin tener en cuenta que, hablando con otros quebrantahuesos, no es que tengamos muchos hijos en general. En este sentido, me puedo sentir afortunado y espero seguir sintiéndome así si tengo hijos cada año. Es el sentimiento que me permite mantener la esperanza de recuperación de nuestra especie.

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